Hace diez años, la conversación sobre moda y deporte femenino era marginal. Las atletas llevaban ropa de sus patrocinadores, aparecían en campañas de vez en cuando, y la narrativa dominante seguía siendo la del rendimiento por encima de cualquier otra consideración estética. En 2026, eso ha cambiado de forma tan completa que resulta difícil imaginar cómo era antes.

El cambio que lo aceleró todo

No hay un momento único. Hay una acumulación: Serena Williams llegando a Roland Garros con trajes que eran declaraciones políticas. Las jugadoras de la USWNT convirtiendo cada competición en una conversación cultural. Y, en la WNBA, una generación de jugadoras que llegaron a la liga habiendo crecido en Instagram, con criterio propio sobre su imagen y sin ningún interés en dejar que los departamentos de marketing de sus franquicias decidieran cómo se presentaban al mundo.

Las marcas que entendieron primero

New Balance llegó antes que nadie. Mientras Nike y Adidas seguían tratando el básquet femenino como un mercado secundario, New Balance firmó a Sabrina Ionescu, construyó un modelo alrededor de su imagen y demostró que el mercado existía y era enorme. Las otras marcas llegaron tarde pero llegaron: Nike con la línea Sabrina, Adidas con Caitlin Clark, Puma con jugadoras de segundo nivel que de repente tenían campañas propias.

Lo que viene

Las marcas de lujo están mirando. No de forma tímida: Loro Piana vistió a Ionescu esta temporada. El equipo de comunicación de las Liberty tiene conversaciones activas con dos casas de moda que hace cinco años no habrían respondido un email sobre baloncesto femenino. El siguiente paso es la colaboración formal entre moda de lujo y la WNBA, y todo indica que ocurrirá antes de que termine la década.

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