Hay números que no necesitan contexto. 10.000 puntos en la WNBA. Un récord que Diana Taurasi alcanzó en 2017 y que, a día de hoy, ninguna otra jugadora ha superado ni se acerca a superar. Pero hablar de Taurasi solo en términos estadísticos es como describir el océano por su temperatura: técnicamente correcto, completamente insuficiente.

Lo que Taurasi construyó a lo largo de veinte temporadas no fue solo una carrera. Fue un argumento. Un argumento de que el baloncesto femenino podía tener su propia versión de la grandeza absoluta, irrefutable, del tipo que cierra discusiones.

Lo que hizo diferente

Taurasi llegó a la WNBA en 2004 desde UConn, donde ya era considerada la mejor jugadora universitaria de su generación. En su primera temporada profesional promedió 17.0 puntos. La liga nunca supo exactamente cómo manejarla.

Su ventaja no era solo el tiro —aunque su mecánica es uno de los movimientos más estudiados en la historia del juego— sino la combinación de tiro, manejo, visión y competitividad. Podía anotar desde cualquier posición, crear para otras y, cuando el partido lo requería, hacerse tan grande que las demás jugadoras en pista parecían estar jugando un deporte diferente.

El legado en 2026

Cada base que hoy tira desde el logo tiene una deuda con Taurasi. Cada jugadora que se niega a aceptar que existe un punto desde el que no se puede lanzar está siguiendo un camino que ella abrió. Caitlin Clark lo sabe. Sabrina Ionescu lo sabe. Ninguna de las dos lo dice siempre, pero las dos lo piensan.

El legado de Taurasi no es el récord de puntos. Es haber demostrado que en el baloncesto femenino también existe el tipo de jugadora que redefine lo posible.

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